(Fuente: La Voz – Télam )

Tienen entre 20 y 35 años, formación, un inglés fluido y un diagnóstico de TEA (Trastorno del Espectro Autista) que les dificulta socializar y representaba un problema más para conseguir empleo hasta que una empresa líder en software reconoció que sus talentos “enriquecen la multiplicidad de miradas y el potencial innovador”.

“Para las entrevistas laborales tuve que aprender comunicación no verbal, y a saber promocionarme, hice muchos cursos para aprender a armar un currículum, por ejemplo”, cuenta Jésica González Baqué, de 31 años, quien ingresó a la compañía en diciembre de 2016.

La joven recibió el diagnóstico de adulta: “Mi mamá es docente de primaria y tenía un alumno con Asperger y se dio cuenta que era igual a mi. Tuve un periodo de negación, me llevó unos años ir a buscar el diagnóstico; hasta ese momento pensaba que la gente se comportaba rara, después comprendí que era yo quien procesaba las cosas de otra manera”.

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